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Squawk

Squawk

Squawk

Miércoles 29 Junio, 2011
1972. Kapp Records, MCA

Es el turno de reivindicar a una gran banda de rock duro, injustamente relegada a segundos planos y notas al pie de página, pese a ser enormemente influyentes e inspiradores. El power trío galés Budgie es sin duda una de las bandas precursoras del sutil paso desde el hard rock con lazos al blues hasta un sonido puro de heavy metal, y en eso su importancia es insoslayable. Lo que hicieron en sus primeros cuatro trabajos marcó una pauta en esa evolución del sonido más duro, y formaciones tales como Rush, Metallica y Soundgarden sin duda acusaron recibo de ese impacto.

Esos cuatro primeros discos me parecen cada cual de una calidad brillante, y muy parejos entre ellos, mas elijo para comentar su segunda entrega, “Squawk” de 1972, por la sencilla y arbitraria razón de ser el disco que me introdujo de lleno en el mundo sonoro de este poderoso trío. Producido por el seminal Rodger Bain –al que todos conocen por su trabajo en los tres primeros discos de Black Sabbath-, “Squawk” es un mundo sonoro que se abre con fuerza en la ganchera ‘Whiskey River’, con ese riff que es puro rock, a cargo de Tony Bourge; la batería de Ray Phillips con el doble bombo siempre machacando, y el punzante y preciso bajo, además del fino y muy andrógino registro vocal, de Burke Shelley, alma del grupo. El viaje continúa con el sabático riff de ‘Rocking Man’, un temazo donde las haya con una interesante escapada blusera al medio, pero que sin mediar provocación vuelve a su forma inicial.

Tras esas dos primeras descargas de dinamita, es el turno para mostrar uno de los grandes plus de Budgie respecto a otras bandas de rock duro de la época, y es su innata sensibilidad pop de mucha oreja al momento de ser melódicos. Eso lo muestran con creces en esa dulzura acústica de resabios beatlescos que es ‘Rolling Home Again’ y en la breve y etérea balada ‘Make Me Happy’, para luego volver a subir la ganancia y ser poderosos en uno de los cortes más altos del álbum, ‘Hot As A Docker’s Armpit’ –vaya título-. Una potente introducción donde llama la atención el mellotron da paso a un riff sabático imbatible que es luego doblado por la voz, y tras cartón, otra cortina con mucho protagonismo de mellotron para pasar a un enérgico y extenso solo de guitarra donde es imposible no detenerse a pensar en el Metallica más clásico, y luego el cierre a todo poder con tritono diabólico y mellotron reventando. Más que un temón, una experiencia imperdible.  Y así llegamos a la mitad del disco.

La segunda parte comienza con el muy zeppeliano ‘Drugstore Woman’, quizás algo más desapercibido, pero un gran corte si se le brinda la atención que se merece, y sigue con ‘Bottled’ un breve interludio muy blusero con protagonismo de guitarra slide, para llegar a la joya más rotunda y épica de todo el disco, la extensa y melancólica balada ‘Young Is A World’. Ocho minutos de un lisérgico y dulce viaje al fondo del sentimiento que ningún amante del rock de tomo y lomo se podría perder, donde Shelley y compañía dejan toda su alma desnuda en una interpretación memorable e imperecedera. Superlativo. Pero como cerrar el disco con un corte de estas características le habría dado un final demasiado sentimental y en bajón, los Budgie se guardan para el cierre otra de sus bombas más potentes, como es ‘Stranded’, un rocker energizante y adrenalínico que deja la vibra muy arriba, y así se van 38 minutos de un rock injustamente relegado al estatus secundario de la banda de culto, pero que no tienen el más mínimo desperdicio para quien quiera aventurarse y desempolvarlo. 

Pedro Ogrodnik C.

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